A Luciana Reyes
Lo veo entre las hojas del limonero que plantaste. El azul me quema los ojos. En su retorno, noventa y cinco años me queman los ojos.
Veo el azul inmenso que me absorbe, mientras siento el aire de ayer robarme el corazón al trepar el gran pirul del jardín: ese desgraciado que deja sus restos clavados en mis pies. Veo el azul inmenso; los dedos se mueven al compás de la voz de mi madre al tejer un zapato en las orillas del zaguán. Siento pequeñas convulsiones provocadas por el agua helada que me rodea, nado como puedo entre todo ese bello azul. El azul que pide que lo siga, que dice que ahí estás.
Leo a escondidas las cartas que de contrabando dejas entre las butacas de la iglesia. Oigo a mi padre que grita al enterarse que vas a pedir mi mano. Me lleva a México a jugar a las escondidas, pierde. De mis sienes el agua brota a montones, es invierno en la madrugada, la misa de gallo se alza y el sol se cuela entre la tela del vestido blanco, que sin música baila aferrado al desgastado armario.
El azul me pide. Los lloros de aquella primera niña me despabilan y se desprenden de él once más, trenzados entre el tiempo que ahora me cuesta ordenar. Otro día que llegas tarde, mientras equilibro entre pañales, mordiscos en el busto y sazón hasta a tus padres. Tu hermana me dice que todas las tardes te escondes en el cine para que no te alcancen mis responsabilidades. Me acuchillo la garganta con mutismo que siento explotar.
El azul, quiero tocarlo, alguien me agita. Es descomunal. Las angustias las susurramos de noche y algunos abrazos me aprietan el cuerpo. Pululan alrededor. Infinito. El reloj retiembla trayendo la media noche; los niños no están en casa, el rosario se encarna en mi mano, que ruega poder extenderse hasta donde están. María se casa, Ángeles se casa, Tere se casa, Mario escapa, Silvia escapa, Lalo se casa, Bico se casa, Regina muere, Chino se casa, Ana se casa, Ivonne permanece y los niños sin cara nos siguen. Me dan una nieta en brazos que no puedo ver y ella carga a otro más que dicen, es también mío.
Contigo más de una vida, te grito a la cara. Mario muere y Ángeles también. Alguien llora por ahí, pero el azul exige atención, me muestra bailes de plata y oro, mas no de diamante. Mis huesos ya no son cimientos. Hablan a lo lejos, pero el azul grita con tu voz de aquellas noches tortuosas, en las que perdido entre las sombras de nuestra habitación pides por mí y ellos no me dejan alcanzarte. Vuelves a gritar, que me dejas sorda. Me clavaron un féretro entre ceja y ceja. Gritas en agonía, todos los días iguales, caída tras caída. Llena de luto el rojo brilla.
Sus ojos enojados me siguen. Ruedo de nuevo al hospital, la luz artificial explora mis pupilas, ciega tu imagen y el ahora se extiende de nuevo en mi piel. Ya no hay azul, solo borgoña. Una tela fría me cubre. Soy la sorda y ellos no escuchan. ¿Por qué sigo sin ti? Poco entendieron mi esfuerzo por caer a los pies de tu limonero.
«Bajo los limoneros» de Claude Monet
| Irais Cortés López (Purísima del Rincón, México, 1999). Licenciada en Letras Españolas y estudiante de maestría en literatura hispanoamericana. Co-coordinadora del Taller Literario Letras Estarlatas y Letras a la calle. Fundadora de La Gatoteca de Nerón. Casa de artes y literatura que busca promover la lecto-escritura. Sus líneas de interés son la literatura fantástica y la literatura femenina. Ha sido publicada en el volumen Mentes corroídas de la editorial Palabra Herida. |
